Título: Después de todo.
Autor: Enia
Disclaimer: No son míos Stop Son del surfista y una productora y un canal de tv Stop... Lástima Stop
Spoliers: Mmmmm...noopp. No hay de eso. O, al menos, no lo hay concientemente.
Nota de la autora: Me he tomado algunas libertades geográficas para escribir esto. Dudo mucho que en Rockland nieve, porque es un pueblo costero, pero necesitaba el fenómeno meteorológico para la historias así es que lo incluí. Al fin y al cabo, en la serie llovieron pétalos de rosas ¿no?
Dedicatorias: una vez más, a Ariel por sentarse a darme su opinión a pesar del sueño y el cansancio, a Carol, por ser tan buena a la hora de ejercer de betta reader y a Isa, que siendo tan noroma como es fue capaz de encontrar mi historia plausible y querer que la termine. Gracias, ladies, no sé qué haría sin ustedes.
Feedback: Vamos... please... ¿qué puede costarles escribirme un par de palabritas? Las que sean, me gustan todas.
Clasificación: MRS, O18W
"After all the stops and stars
We keep coming back to these two hearts
Two angels who've been rescued from the fall
After all that we've been through
It all comes down to me and you
I guess it's meant to be
Forever you and me, After All
(Después de todas las paradas y comienzos
Seguimos volviendo a estos dos corazones
Dos ángeles que han sido rescatados de la caída
Después de todo lo que hemos pasado
Todo se resume a mí y a ti
Creo que está dicho que así debe ser
Para siempre tu y yo, después de todo)"
After All - Peter Cetera
Rockland, Maine
Doce horas después
Scully trató de ver a través de la nieve que caía con insistencia desde que salió del aeropuerto unas horas antes. Estaba cansada, preocupada y con mucho frío. Y lo que era peor, no había encontrado una estación de gasolina y no estaba segura de poder llegar al lugar en donde Mulder le dijo que estaba la cabaña que había alquilado para pasar las vacaciones.
Miró una vez más el pequeño mapa que le había dibujado la regordeta mujer que atendía la cafetería en donde se paró para pedir indicaciones y calculó que debía estar a menos de medio kilómetro de la casa. La nieve seguía cayendo y estaba tan oscuro que casi no podía ver más allá de unos pocos metros por delante del auto, por lo que avanzaba a paso de hombre.
No anduvo mucho más de cinco minutos cuando tuvo que frenar para no dar de lleno con una gran rama que estaba caída en el medio del camino.
Furiosa consigo misma, con la situación, con su suerte y con todos esos dioses que no escuchaban sus ruegos cuando más los necesitaba, aporreó el volante y contempló la negra noche, evaluando sus posibilidades.
No podría sacar esa rama del camino, eso era claro. Y tampoco podía pasar por encima, al menos no con ese auto. El llamar a emergencias y esperar a que llegaran a sacarla era esperar sentada a morir por congelamiento. Y volver sobre sus pasos no le parecía que fuera la mejor salida. No tenía combustible suficiente como para llegar al pueblo.
Finalmente, se abrochó su abrigo, tomó su bolso, la linterna y saliendo del auto, se dispuso a caminar los cuatrocientos metros que estaba segura que faltaban.
El viento helado que la estampilló contra el auto apenas salió le dijo que no iba a ser fácil cumplir con su cometido. Se arrebujó lo mejor que pudo y rezando una plegaria, rodeó la rama y comenzó a caminar contra el viento y la nieve, rogando por poder llegar hasta la cabaña. Aún si Mulder no estaba en el lugar, tal vez podría guarecerse y pensar qué hacer.
Rockland, Maine
Cabaña de Robert Hult
45 minutos después.
Mulder se puso su abrigo y salió al porche de la casa dispuesto a entrar toda la leña que pudiera, para no tener que salir en lo que quedaba de la noche. Tomó una pila de troncos de los que había apilado en la galería esa mañana y estaba por entrar cuando vio el bulto vacilante que avanzaba medio a los tumbos por el sendero.
Extrañado, se acercó a la baranda que rodeaba la galería, tratando de ver quién era, cuando vio que caía en la nieve y trataba en vano de levantarse. Dejó la leña a un costado y, bajando los escalones, se acercó con cautela.
La voz que le llegó arrastrada por el viento le heló la sangre mucho más de lo que toda la nieve del mundo podría haberlo hecho.
- Mul-der.
Por una fracción de segundo se preguntó si su deseo de tenerla allí con él no le estaría jugando una mala pasada, pero reaccionando, corrió hasta Scully, quien lograba levantarse en ese instante, totalmente aterida.
- ¿Scully? ¡Por Dios! ¿Qué haces aquí? ¿¿Por qué estás caminando con esta tormenta? ¿Qué ocurrió?
Scully se sostuvo de él y lo miró mientras sus dientes se entrechocaban.
- Mulder...
- ¡Demonios!
La levantó en brazos y la llevó lo más rápido que pudo al interior de la cabaña. Cerrando de un puntapié la puerta, se acercó hasta la estufa y dejándola en el sofá, empezó a pelear con la ropa mojada, tratando de quitársela.
- ¡Cielos, Scully! ¿Por qué has venido? ¿Qué ocurrió?
Scully, que no era capaz de mover un solo dedo, lo miró aliviada. Estaba bien. Es más, estaba fantástico. El muy cretino no parecía estar en ningún apuro. ¡Y no la había llamado!!
- Tu teléfono...
Mulder la miraba ansioso, sacándole el suéter mojado y siguiendo por los zapatos de montaña.
- ¿Qué?
- No con-contes..tabas... tu teléfono.... y pensé... que algo malo... te había... pa-pa-pasado.
Mulder se quedó mirándola azorado durante un momento, sin poder creer lo que escuchaba.
Scully sonrió, avergonzada. Su hermano estaría feliz de saber que había tenido razón. Hizo el ridículo al correr a buscarlo.
- Creo que fui... una... tonta.
- Discutiremos tu grado de estupidez máss tarde. Ahora es mejor que te hagamos entrar en calor.
Scully, que sentía que el fuego la lastimaba, lo detuvo cuando él se levantó para buscar unas mantas con qué envolverla.
- El fuego...
Mulder miró las llamas del hogar que crepitaban alegremente.
- ¿Es poco? ¿Quieres que lo aumente?
>
- No... funcionará.
Mulder procesó lo que ella le estaba diciendo y entonces volvió a agacharse para tomarla en brazos.
- Tienes razón.
Y cargándola como si fuera una simple muñeca, se encaminó hacia un pasillo en donde se distinguían tres puertas. Entró en la del final y Scully vio que la había llevado hasta lo que seguramente era el cuarto principal de la casa. Su cuarto, a juzgar por el perfume que impregnaba el ambiente. La sentó en la cama y apartó las colchas. Luego se volvió y comenzó a desabrocharle la camisa. Al darse cuenta de que pretendía desvestirla y recordar que llevaba uno de esos conjuntos de ropa interior de musculosa y bragas de algodón blanco, sin corpiño, intentó detenerlo.
- Mulder... yo lo... haré
Pero Mulder rechazó esas manos ateridas que trataban de quitar las suyas de los botones con decisión.
- Scully, estás demasiado entumecida y nno tenemos tiempo. Necesitas quitarte esta ropa y entrar en esa cama.
Y como para subrayar sus palabras, bajó la camisa por los hombros de ella, dejando al descubierto su camiseta musculosa, debajo de la cual sus pezones se distinguían claramente, endurecidos por el frío.
Mulder, haciendo uso de todo su autocontrol, evitó mirarla y concentró su atención en desabrocharle los pantalones, preguntándose quién sería el maldito sádico que había hecho ese cierre tan complicado. Con un brazo la tomó de la cintura para ayudarla a levantar las caderas mientras con el otro deslizaba la mojada prenda por sus piernas y la lanzaba a un rincón del cuarto. Finalmente, le quitó las medias y haciendo de tripas corazón, alzó ese cuerpo cubierto solamente por una pequeña braga blanca de algodón a juego con la camiseta y la metió en la cama, tapándola.
Acto seguido, abrió el armario, sacó tres cobertores que allí había y los colocó sobre Scully, que lo miraba en silencio mientras él se movía. Iba a decirle algo cuando vio que se desembarazaba de la campera y, levantando los brazos, se sacó el suéter y lo dejó caer sobre una silla cercana. Y en ese instante supo exactamente cómo era que pensaba hacerla entrar en calor. Y la boca se le secó. Y el corazón se le desbocó. Y si no hubiera estado tan congelada, habría jadeado en cuanto la remera manga larga siguió la misma ruta que el pullover.
En silencio contempló como hipnotizada el acelerado streep-tease que Mulder estaba haciendo frente a ella y devoró cada porción de piel que iba apareciendo ante sus ojos. ¡Cielos! ¿Cuánta mala suerte podía tener una mujer en una sola noche? ¿O él iba a desvestirse delante de ella para hacer realidad al menos una de sus múltiples fantasías?
Bueno, parecía que no. Mulder se quitó los pantalones y las medias quedando sólo con sus boxer color oscuro y acto seguido, apagando la luz del cuarto, prendió una pequeña lámpara de la mesa que estaba junto a la cama, del lado de Scully, y metiéndose por el otro lado, se acercó a ella hasta que ya no hubo espacio alguno entre los dos, la abrazó contra su cuerpo y dijo:
- Tranquila, Scully, este es el abrazo eespecial de Mulder. Garantizado para recuperar el calor corporal.
Scully en realidad estaba más interesada en tratar de no recuperar demasiado pronto el calor corporal que en lo contrario. Acomodándose mejor, le preguntó:
- ¿Garantizado... por quién?
- Scully, soy un caballero. Deberás conffiar en el certificado de garantía que te estoy comunicando porque no daré nombres.
Scully sonrió. Amaba esa habilidad que tenía para hacerla sonreír aún cuando estaba diciendo algo que la habría hecho comerse los codos de puros celos en otras circunstancias en las que, el no tenerlo pegado a su espalda, le hubiera permitido pensar con mayor claridad.
Permanecieron en silencio por un rato, disfrutando cada uno de la sensación de estar tan cerca del otro. Scully dejó de tiritar con tanta violencia y una agradable tibieza empezó a extenderse por su cuerpo, en particular en aquellas partes en las que Mulder la estrechaba con mayor fuerza. ¡Vaya! ¡Debió haber pensado en esto cuando la sacó de aquel lugar en el Ártico! Sí, seguramente hubiera sido mucho más efectivo que ese baño al que la sometieron en el hospital.
Mulder, que intentaba por todos los medios posibles mantener sus hormonas a raya, decidió que lo mejor sería hablar. Eso lo distraería de todas esas imágenes que su muy fértil imaginación estaba elucubrando.
- Scully.
- ¿Sí?
- ¿Puedo preguntar qué haces aquí?
Bien, ahí estaba. Sabía que había visto algo de enojo en esos ojos verdes. Y ahora venía la parte en la que ella tenía que hacer uso de su agudeza mental para explicarle cómo es que llegó a la increíble conclusión de que él estaba metido en problemas sólo porque no la llamó en tres días.
- Yo... vine a ver si... estabas bien.
- No llamaste. Y la computadora dijo quee tu teléfono estaba fuera de servicio.
Un silencio que su instinto le hizo reconocer como culpable siguió a sus palabras. Y por esta vez, su instinto no se equivocó, porque la voz que se coló hasta su oído desde su espalda estaba bastante impregnada de ese sentimiento.
- Está en el mar.
Scully levantó una ceja, pero ni se movió. ¡Se sentía tan bien el percibir el aliento de Mulder en su oreja mientras le hablaba!
- ¿En el mar?
- Se me cayó al agua cuando fui a explorrar unos acantilados. Lo saqué porque tenía que preguntarte algo y resbalé, así es que ahora está echo añicos en las rocas. Y esta tormenta estropeó el de la proveeduría, así es que pensaba ir mañana hasta el pueblo para llamarte.
Scully sintió que algo parecido al fuego cubría su rostro y agradeció que él no pudiera verla. ¡Se le había caído! Y ella sólo pudo imaginar que estaba tirado en una zanja, herido de muerte. ¡Cielos! No sólo había hecho al ridículo, sino que esto era EL RIDÍCULO.
- Yo no... pensé... en esa... posibilidaad.
- Ya veo.
Casi podía escucharlo sonreír cuando dijo eso. Después de todo lo que le había dicho en la fiesta, allí estaba ella, demostrando que en realidad le gustaba tanto correr a sacarlo de problemas que no necesitaba mucho para lanzarse a hacerlo.
- ¿Y qué rayos hacías caminando con estee clima?
- Una rama se atravesó en mi camino cuanndo venía para acá. Tuve que dejar el auto y seguir a pie.
Mulder se imaginó por un minuto a Scully, caminando en esa tormenta que rugía en el exterior para llegar hasta él y sintió que los ojos se le llenaba de lágrimas y el corazón se le oprimía. Ella realmente podría haber muerto de no haber podido llegar hasta ahí. Y la sola idea de haber encontrado su cuerpo en un día o dos, cuando finalmente la tormenta le hubiera permitido ir hasta el pueblo, hizo que la estrechara aún más fuerte.
- Hazme un favor, no vuelvas a hacer alggo así de nuevo. Podrías haber muerto.
- Mulder, sabía que podía llegar hasta eeste lugar. El auto está a menos de medio kilómetro.
- Scully, lo digo en serio. Nunca más haagas algo así. Yo podría no haber estado aquí.
- Pero estás.
Mulder calló por un momento, tratando de tranquilizarse y dominar el pánico que por un instante lo había invadido. Hundió su rostro en el cabello que aún estaba húmedo y respiró, tratando de saturar sus pulmones de ese perfume que amaba.
Scully cerró sus ojos. Estaba cansada por la caminata y los nervios. No era tonta y el grado de congelamiento con el que llegó a esa cabaña no era peligroso para su salud, pero sí la transformaba en un ser bastante inútil que poco podría haber hecho por este hombre si él hubiera estado herido. Pero ahora que había comprobado que estaba bien, se permitió relajarse y dejó que Mulder le transmitiera lo que siempre le transmitía cuando la abrazaba.
Otra de las grandes habilidades de Mulder. Con sólo envolverla entre sus brazos le hacía sentir que nada malo iba a suceder jamás. Y apretando el brazo que la rodeaba con su propio brazo, en un acto reflejo de posesión, murmuró:
- Me alegra que estés bien.
- Y a mí me alegra que estés aquí.
El silencio volvió a envolverlos. Mulder la abrazó más estrechamente aún y dijo:
- Scully.
- ¿mmm?
- Gracias por venir a buscarme.
Una sonrisa adornó el rostro de Scully y girando un poco su cabeza hasta poder distinguir el rostro de Mulder a escasos milímetros del suyo, dijo:
- No diré que hasta ahora haya sido un pplacer, pero no hay de qué.
Mulder contempló esos ojos color cielo y la beso suavemente en la comisura de esos labios que ya no se veían azulados, en un impulso que no pudo resistir más allá de no besarla directamente en lugar de sólo detenerse en su mejilla.
Lentamente, se separó de ella y correspondió a la sonrisa luminosa que se dibujó en el rostro de porcelana de Scully. Y la tensión que sintió crecer en su cuerpo le dijo que si quería salir ileso de ese momento, lo mejor era dejar de pensar en lo suave de la piel que podía sentir sobre sus muslos o la fragancia de ese cuerpo que se apretaba contra el suyo. Como siempre, la mejor salida que encontró fue la menos romántica, pero no necesitaba romanticismo, necesitaba un elemento de distracción.
- Si quieres, puedo cantarte.
Scully tuvo ganas de patearlo. ¿Cuál era la compulsión de este hombre por transformar cada uno de los escasos momentos especiales que compartían en un completo desastre con esas frases?
- Mulder, por favor. Después de toda esaa caminata, lo menos que merezco es descansar.
- ¡Vaya! ¡Y yo que pensé que querrías esscuchar mi versión de las rimas de mamá ganso!
- Lo único que quiero escuchar es cómo rrompen las olas, sino te molesta.
- Tú te lo pierdes.
Una sonrisa cruzó el rostro de Scully cuando se volteó, dándole nuevamente la espalda.
- Define perder.
Mulder suspiró imperceptiblemente y dejando que Scully se acomodara de nuevo, besó su sien y apoyó su cabeza junto a la de ella. Se quedaría allí hasta que se durmiera y luego lo mejor sería que fuera a dormir al sofá o se pasaría el resto de la noche luchando por no despertarla y olvidarse de todo lo que no fuera hacerle el amor.
Rockland, Maine
Cabaña de Robert Hult
4.35 a.m.
Scully se despertó sobresaltada. Resquicios de la pesadilla que acababa de tener aún bailaban ante sus ojos, mostrándole la imagen de Mulder cayendo en un acantilado mientras ella no podía hacer nada por evitarlo. Fue el grito de desesperación que salió de su garganta en su sueño lo que la despertó y respirando agitada se sentó en la cama y miró en todas direcciones, intentando ubicarse.
Le llevó un par de segundos darse cuenta de dónde estaba, por lo que giró para ver si Mulder dormía a su lado, pero la cama estaba vacía. Extendió su mano sobre las sábanas y comprobó que estaban frías por lo que una sensación de vacío y tristeza la inundaron al darse cuenta de que él se había ido de su lado.
Había percibido perfectamente la tensión en ese cuerpo grande que la envolvió como una manta horas antes y deseó que por una vez él no se quedara con la rutina, la amistad y el respeto y se dejara llevar por esos sentimientos que ella podía sentir pujando dentro de él. Pero Mulder no parecía dispuesto a arriesgar su amistad por nada. Y por lo que podía apreciarse, ella no era mucho más valiente que él.
Con decisión, apartó la pila de mantas que Mulder había colocado sobre ella antes de meterse en la cama y buscó con la vista algo que ponerse encima, pero no vio su ropa, así que bajándose de la cama caminó sin hacer ruido sobre el piso de madera y abrió el armario. Miró en su interior y después de una rápido vistazo se dio cuenta de que Mulder, al igual que la mayoría de los hombres, nunca hacía equipaje pensando que una mujer podía llegar a necesitar usar algo abrigado de él, por lo que tomando una camisa de gruesa tela de lana, se la puso sobre su conjunto de ropa interior blanca y salió del cuarto.
La cabaña estaba a oscuras y Scully camino por el corto pasillo hacia la sala principal, en donde la única iluminación provenía del fuego en la chimenea. El viento rugía en el exterior y las ramas de los árboles golpeaban en las ventanas y el techo, pero adentro la temperatura era agradable y la calma era casi palpable.
Tardó un momento en adaptar su vista a la penumbra y ver a Mulder sentado en la alfombra que cubría casi toda la estancia, con los ojos clavados en las llamas que iluminaban su cara. En su mano había un vaso y su mirada le dijo que estaba a mucha distancia de ese lugar.
Con sus pasos amortiguados por el grueso tejido de la alfombra, Scully se acercó hasta él.
- ¿Mulder?
Sobresaltado, levantó su cabeza para mirarla, salpicándose la pierna con la bebida al mover su mano. Scully se agachó para sentarse a su lado.
- Lo siento. No quise asustarte.
Mulder sonrió mientras secaba con los dedos las gotas de líquido que mojaban su pierna desnuda.
- Descuida. No te oí llegar. ¿Qué haces levantada? Deberías estar en la cama.
- Lo mismo digo. Desperté y no te enconttré.
Esa simple frase, tan íntima que parecía increíble en una conversación que ambos estuvieran manteniendo, hizo que Mulder se sintiera muy cercano a ser desgraciado. ¿Cómo era que esta mujer podía volver una simple frase en algo tan erótico? Había sonado como si estuviera acostumbrada a compartir una cama con él y el despertar y no encontrarlo durmiendo a su lado fuera algo totalmente nuevo para ella.
Desvió su mirada hacia la copa que aún sostenía en su mano en un intento de controlar ese deseo que una vez más estaba creciendo en su interior. El que Scully luciera una de sus camisas, que no llegaba más allá de la mitad de sus muslos, no ayudaba demasiado.
- No podía dormir así que pensé que un ppoco de coñac podía ayudarme.
- ¿Y funciona?
Mulder sonrió y denegó con la cabeza. Scully lo miraba como si lo estuviera descubriendo esa noche. Allí, sentado en la penumbra, vestido sólo con su remera gris claro y sus boxers, con la luz del fuego formando caprichosas sombras en ese rostro, era la estampa viva de sus más remotas fantasías.
De repente, todas esas razones que a lo largo de los años se había repetido a sí misma como argumentos válidos para evitar este tipo de ocasiones, le sonaron de lo más insulsas y la mujer que dormía dentro de ella desde hacía siglos pareció despertar, por lo que alargando la mano, tomó la copa que Mulder sostenía, rozando sus dedos al hacerlo, y se la llevó a los labios.
Mulder la miró hacer sin decir nada. Se dio cuenta de que si Scully no cooperaba y se iba a dormir, las cosas iban a cambiar drásticamente esa noche. No se creía capaz de mantener esa pasividad por mucho tiempo si ella permanecía sentada junto a él, con sólo esa camisa que le permitía ver sus piernas bien torneadas, con ese maravilloso aspecto de quien acaba de salir de una cama y bebiendo de su copa de la manera más sexy que había visto beber a nadie.
Scully degustó el coñac y se lo devolvió, diciendo:
- El problema con este coñac es que no ees de muy buena calidad.
- Venía con la casa.
- En ese caso, si mañana podemos ir hastta el pueblo, espero que podamos encontrar uno mejor.
El viento aullando en el exterior pareció contestar por adelantado, diciéndole que no tenía muchas intenciones de moverse por el momento.
Scully se respaldó en el sillón y contempló las llamas. Por un rato, ninguno de los dos dijo nada. El silencio los envolvió como si fuera un abrigo viejo y confortable y sólo se escuchaba en la sala el ruido de las llamas al comer la madera. Finalmente, Scully se movió apenas para poder mirarlo de frente.
- ¿Tuviste otra de tus pesadillas?
Mulder, que todavía no había resuelto el cómo haría para poder mantener esa noche una charla sin tocarla, sonrió. ¿Cómo reaccionaría si le dijera que se tuvo que levantar de la cama porque estaba tan excitado que estuvo muy cerca de despertarla con un beso? No, seguro que esa no era una buena idea.
- Ni siquiera me dormí.
- ¿Otra vez insomnio?
Mulder la miró fijo al responder.
- No creo que mi incapacidad para poder dormir de esta noche se haya debido a ninguno de los trastornos de sueño que haya sufrido en algún momento de mi vida.
Algo vio en sus ojos Scully que la hizo cambiar de opinión con respecto a seguir esa línea de conversación. Tomó de nuevo la copa de la mano de Mulder y dio un largo trago al coñac. Tal vez era malo, pero era mejor que nada. Y tal vez no había sido tan buena idea ir a charlar con él a esa hora, cuando estaba de ese ánimo.
Rebuscó en su mente algo que decir y la imagen de su hermano pidiéndole que le llamara para avisarle que estaba bien se le apareció con toda claridad y le hizo pensar en su teléfono móvil.
- Mi bolso.
Mulder la miró extrañado.
- ¿Qué?
- Mi bolso. Se quedó ahí afuera. Cayó enn la nieve cuando me tropecé al verte.
- Tranquila, aún debe estar ahí. Mañana lo buscaremos. No creo que nadie vaya a robarlo.
- No me preocupa eso, me preocupa que mii teléfono se dañe. Billy me pidió que los llamara para decirles si estábamos bien.
- ¿Estábamos? ¿Tu hermano quería saber ssi yo estaba bien?
- Mulder, por más que parezca lo contrarrio, mi hermano es una excelente persona y por supuesto que se preocupó.
- ¿Tu hermano se preocupó porque no llammé en tres días? La última vez que lo hice me atendió él y no parecía muy ansioso de escucharme.
Scully sintió que un leve rubor empezaba a subir por sus mejillas.
- No, bueno, él no se preocupó tanto porr ti. Pero fue porque creyó que estabas bien.
La divertida expresión de Mulder la hizo ponerse más colorada aún.
- Así que Billy no pensó que algo malo mme había pasado, ¿eh? Entonces, dime Scully, ¿qué te dijo cuando decidiste venir hasta aquí para estar segura de que no se equivocaba?
- Sólo que esperaba que estuvieras bien..
- ¡Vaya! Me parece que tendré que conoceer a tu hermano de nuevo. Yo hubiera pensado que te diría que lo que hacías era totalmente innecesario y ridículo.
Scully volteó su rostro. Odiaba que Mulder pudiera hacer esos actos de prestidigitación mental y diera en el clavo de esa manera. Y Mulder amaba esas escasa ocasiones en las que la ponía tremendamente incómoda y la hacía ruborizarse, por lo que con su mejor sonrisa la empujó con un hombro y dijo:
- Creí que en la fiesta habías dicho quee no pensabas venir a sacarme de ningún problema.
- Mentí.
- ¿Y hay algo más en lo que me hayas menntido y que yo deba saber?
- Sí.
Mulder la miró interrogante y Scully sorbió más coñac antes de decirle:
- No odio las subastas de solteros.
Mulder se rió ante semejante confesión.
- ¡Cielos, Scully! Continúas sorprendiénndome. Y dime, ¿has comprado algún soltero?
- No he dicho que me guste participar dee ellas, sólo dije que no las odio.
- ¿Eso quiere decir que si yo entrara enn una de esas subastas no pujarías por mí?
- Mulder, ¿para qué quieres que puje porr ti? Después de todo, tú lo dijiste. Te tengo gratis a diario en la oficina.
- ¡Ah, pero no tienes el paquete!
- ¿Qué paquete?
- El paquete que viene con el soltero cuuando lo compras.
- Mulder, no viene ningún paquete con ell soltero.
- Por supuesto que sí. ¿Qué me dices de la cena con champagne y velas?
- Yo no bebo champagne.
- ¿Y el beso de las buenas noches? ¿Tamppoco aceptas besos de las buenas noches?
Scully miró esos ojos que brillaban llenos de travesura. ¿El muy insensitivo patán tenía la caradurez de nombrar el beso de las buenas noches después de que se había ido de su departamento sin darle siquiera un beso en la frente? Algo asombrada por el cariz que estaba tomando la conversación, no atinó a responder nada, por lo que Mulder mostró una expresión de franca satisfacción.
- ¡Ajá! A ver Scully, cuéntame. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te dio el beso de las buenas noches?
La ceja levantada de Scully le hizo pensar que esa pregunta no iba a ser respondida, pero se equivocó cuando ella le sonrió irónica.
- Hace unas horas.
- ¡Oh, no! ¡Eso no fue un beso de las buuenas noches! Te lo digo yo, hay una gran diferencia entre un beso en la sien y un beso de las buenas noches después de una cita.
- ¿Tú me darás indicaciones al respecto?? Mulder, te he preguntado esto antes y no respondiste, pero creo que esta es una buena oportunidad para que lo hagas. ¿Cuándo fue tu última cita?
- Hace una semana.
- Yo no cuento Mulder. Estamos hablando del tipo de cita que amerita beso de buenas noches.
- Scully, me parece que estas bastante eerrada si piensas que tú no cuentas.
De repente, el tono jocoso de la conversación se desvaneció como por arte de magia y las palabras de Mulder, dichas en tono bajo y contenido, quedaron como flotando en el aire.
Abrió sus ojos color del mar de par en par y se miró en esos otros, que la contemplaban con fijeza. Mulder no se había movido, ni siquiera parecía haber pestañeado, pero de repente el lugar se volvió algo pequeño como para que pudieran permanecer separados por una distancia mayor a un dedo.
Mulder, sintiendo que ese pequeño hilo que lo estaba anclando al lugar en donde estaba sentado y lo mantenía inmóvil estaba a punto de romperse, desvió sus ojos de los de Scully y los clavó de nuevo en el fuego y dijo con voz ronca.
- Y creo que sería mejor que vuelvas a lla cama.
Scully estaba francamente desconcertada. Sabía que Mulder no estaba borracho, más que nada porque lo había visto borracho antes y podía dar fe de que ofrecía un aspecto totalmente diferente al que tenía ahora. Pero sus palabras y el consejo que acababa de darle la tomaron por sorpresa.
- Mulder, ¿me estás pidiendo que me vayaa?
Sin mirarla, asintió con la cabeza.
- Mmjm.
Scully estuvo a punto de levantarse y hacer lo que le pedía, pero esa mujer que antes sintió despertar en ella se lo impidió. Tal vez Mulder no fuera tan bueno en esto del control después de todo. Y tal vez ya era hora de dejar de lado la rutina, la amistad y el respeto. Así es que tomando coraje lo miró con decisión.
- ¿Por qué?
Mulder la contempló más asombrado de lo que había estado en mucho tiempo. ¿Realmente ella no iba a tomar la salida que le estaba ofreciendo? La calma decisión que vio en los ojos de Scully le dijo que no, esta vez ella no iba a escaparse.
- ¿Tienes una idea de lo importante que es nuestra amistad para mí?
- Si es la mitad de importante que es paara mí, entonces me parece que sí, tengo una idea.
- Scully, yo... no puedo arriesgarme a qque se dañe.
Scully lo miró por largos segundos sin decir nada. Pudo leer en esos ojos confusión, deseo, ansiedad, miedo y, por encima de todo, más amor del que había visto en toda su vida en la mirada de ningún hombre al contemplarla. Y, de repente, todas las dudas ya no estuvieron ahí, y todas las respuestas a sus interrogantes se resumieron en esa mirada, por lo que con voz calma dijo:
- ¿Sabes qué es lo que más me gusta de nnuestra amistad, Mulder? Que después de todo lo que hemos pasado juntos, de los golpes, las heridas, las pérdidas y las batallas, después de todo eso, tengo la plena seguridad de que nada podría dañarla. Absolutamente nada. Y mucho menos tú. Siempre todo se resume a ti y a mí.
Se miraron en silencio por segundos durante los cuales Scully sintió que el corazón podía llegar a salírsele del pecho. Había puesto todas su cartas sobre la mesa y ahora sentía que estaba total y absolutamente al descubierto delante de este hombre por el que hubiera dado la vida sin siquiera pensarlo.
De repente, Mulder acercó su rostro lentamente al suyo, sin dejar de mirarla, como esperando a que ella se echara atrás, como pidiendo ese permiso que nunca necesitó, y besó sus labios leve pero largamente.
Se separó de ella tan sólo el espacio suficiente para no rozarla cuando hablara y ella pudo ver el miedo en sus ojos verdes.
- Scully, ¿estás segura?
Scully delineó delicadamente con un dedo el contorno de esa mandíbula fuerte y sonrió con picardía al repetir lo que él le había dicho noches antes mientras bailaban.
- Mulder, deja de cuestionarme. No me haan besado demasiado últimamente y me gustaría disfrutar del momento. ¿Quieres disfrutarlo conmigo o prefieres seguir haciéndote planteos?
Mulder sonrió abiertamente al recordar sus palabras durante el baile.
- Scully, tú siempre me sorprendes.
Y eliminando los escasos milímetros que separaban sus bocas, la beso. Al principio se contentó con sondear sus labios, acariciándolos con los suyos, pero pronto eso no fue suficiente, por lo que enmarcando el rostro de Scully entre sus manos, la instó a abrirlos y profundizó su beso.
Scully se sentía flotar sobre el mejor de los arco iris. Sí, esa mujer había tenido razón. Mulder podía besar hasta hacer que nada más importara, excepto quizás que jamás se detuviera.
Durante unos momentos, sólo se limitó a disfrutar del momento, dejando que él la acariciara, que explorara a conciencia cada resquicio de su boca, pero de pronto eso no fue suficiente. Quería sentirlo y quería que la sintiera, por lo que salió a su encuentro, percibiendo el escalofrío que recorrió el cuerpo del hombre cuando su lengua tocó la suya.
Sin dejar de besarlo, Scully se apoyó en sus rodillas y, elevándose, se sentó a horcajadas sobre él, dando vuelta los papeles por unos segundos que a Mulder le supieron a gloria y eternidad. Ella estaba besándolo y él podía sentir perfectamente que lo deseaba tanto como él a ella.
Con delicadeza deslizó sus manos a lo largo de ese cuello color marfil mientras Scully enredaba sus dedos en sus cortos cabellos. Acarició la suave piel que rodeaba esa pequeña cruz que para él simbolizaba tantas cosas y se detuvo en el primer botón de la camisa, como si no pudiera decidirse a soltarlo.
Scully dejó de besarlo y lo miró, deseando grabar en su mente esa imagen. Mulder respiraba con dificultad, sus ojos verdes estaban oscurecidos por un deseo que ella jamás había visto antes en hombre alguno y la dureza que palpitaba contra uno de sus muslos confirmaba lo que veía en su mirada. Pero sus manos transmitían suavidad, dulzura y más amor del que pensó que podía recibir un día. El que no se decidiera a sacarle la camisa era una última oportunidad para que ella se echara atrás, para que pudiera recapitular si así lo quería.
Mulder estaba fascinado. El cabello de Scully, totalmente desordenado por sus dedos, brillaba como el bronce, enmarcado por la luz del fuego que estaba a sus espaldas. Sus ojos azules estaban dilatados y oscuros, sus mejillas sonrojadas, sus labios levemente hinchados y estaba total y absolutamente hermosa. Más hermosa de lo que jamás la había visto.
Scully bajó sus manos y, tomando las de él, las separó del primer botón de su camisa. La mirada de Mulder reflejó desencanto cuando pensó que ella se había arrepentido, pero el pesar desapareció cuando, levantándose, le tendió la mano en una muda invitación.
Mulder la tomó y caminó con ella, dejando que lo guiara hasta el dormitorio. Scully se detuvo junto a la cama y, girando, se lo quedó mirando en silencio. Lentamente, comenzó a desabotonar la camisa, botón por botón, en la tortura más exquisita que Mulder había tenido el placer de soportar.
Como hipnotizado, contempló como deslizaba la prenda por sus hombros y quedaba ante él con su camiseta blanca y sus bragas. Scully, sin apartar la mirada aún de él, levantó muy lento la camiseta y la sacó por encima de su cabeza, quedando sólo con el diminuto retazo de algodón blanco frente a él.
Mulder la miró con algo parecido a la veneración y delineó con suavidad la curva de su hombro, siguiendo el recorrido de su clavícula y ese simple roce hizo que un estremecimiento recorriera a Scully de pies a cabeza y su respiración se hiciera más pesada.
Mulder siguió en su recorrido exploratorio, bajando con sus dedos por el valle entre los senos de ella, pero sin tocarlos y acariciando suavemente su estómago, para terminar por deslizar sus manos por su cintura hasta la espalda y, acercándola hasta él, la besó con una mezcla de ansia y deseo amortiguados por una ternura que la conmovió. Scully gimió, ciñó sus brazos alrededor de su cuello y se elevó para poder hacer más profundo el beso. ¡Cielos! Eso era el paraíso. Se sentía literalmente flotando y no se dio cuenta de que él la había levantado en brazos hasta que sintió la suavidad de la cama debajo de su cuerpo.
Mulder, hincado a su lado, depositó un beso casi inexistente en sus labios y se enderezó. Ella extendió sus brazos, deseosa de que no la abandonara, pero él se incorporó y se quitó la remera y la ropa interior, quedando en toda su gloriosa y excitada desnudez delante de ella antes de acostarse cuán largo era a su lado.
Con la misma dedicación con que investigaba sus casos extravagantes recorrió su cuerpo con su boca y sus manos, probando cada parte, explorando cada rincón. Besó su cuello y sus orejas, sus hombros y sus pechos, se detuvo en el valle de su ombligo y sondeó con delicadeza sus caderas y lo único que podía pensar era que Scully sabía exactamente como había imaginado. Su piel, suave como el terciopelo, tenía gusto a hierbas y mujer.
Scully recorrió con sus manos los duros contornos de sus brazos y delineo los planos de su espalda. Todo en él parecía hecho exactamente a la medida de sus manos y se deleitó con el tacto de ese cuerpo que pudo explorar como sólo lo había hecho en sus más escondidos sueños. No importara el lugar en donde lo tocara, la piel de Mulder parecía reaccionar como si recibiera descargas eléctricas y gemidos inarticulados brotaron de su garganta.
Para cuando los labios de Mulder llegaron al elástico de sus bragas, Scully era incapaz de pensar, sólo podía sentir y el único sonido que era capaz emitir eran los más excitantes gemidos de placer que Mulder había escuchado. Se sentía totalmente abarcada por él, por el calor de su boca y la suavidad de sus manos. Todas y cada una de las porciones de su piel parecía arder en llamas como nunca antes habían ardido.
Al sentir a Mulder tirando de sus bragas y depositando pequeños besos en el interior de sus muslos, algo parecido a fuegos artificiales estallaron detrás de sus párpados, por lo que se incorporó un poco y tomándolo por la cabeza, lo atrajo hacia ella y lo besó, arrastrándolo hacia ella.
Mulder le acarició el rostro e incorporándose sobre sus codos, la miro a los ojos por un largo momento, transmitiéndole su amor con la mirada, y lenta, suave y dulcemente los transformó en uno, emprendiendo con ella la más antigua de las danzas, logrando que juntos tocaran el cielo con las manos en medio de una lluvia de estrellas que iluminaron el más perfecto de los paraísos, aquel en el que sólo ellos existían.
Por largos minutos permanecieron abrazados, incapaces de decir nada, asombrados de la increíble sensación de sentir, por primera vez en sus vidas, que por fin habían llegado al hogar.
Finalmente, Mulder volvió a incorporarse y contempló el rostro de Scully. Tenía el cabello desparramado en la blanca almohada, los labios hinchados, los ojos entornados y una expresión cercana a la satisfacción cruzaba sus facciones.
Depositó infinidad de pequeños besos en sus ojos, nariz y labios y volteando sobre sí mismo, rodó en la cama y la arrastró consigo, cubriendo sus cuerpos con las mantas a tirones. Scully se acomodó en su pecho y dejó que sus manos deambularan por ese cuerpo que por fin tenía el derecho a recorrer a su gusto fuera de sus fantasías
Cruzó una de sus piernas por sobre la de Mulder y se arrebujó cuando él la estrechó contra sí, como si quisiera eliminar cualquier resquicio de espacio que pudiera haber entre ellos. Los párpados le pesaban y sentía que su cuerpo era algo ajeno a ella.
Mulder besó sus cabellos repetidas veces y hundió su nariz en ellos, aspirando ese aroma que siempre podía percibir cuando la tenía cerca y que le hacía pensar en campos silvestres y manzanas. Cerró sus ojos y sonrió, sintiéndose un hombre completo.
Scully besó suavemente su pecho antes de apoyarse en él y cerrar los ojos. Estaba casi dormida cuando Mulder dijo:
- Scully.
- ¿Mmm?
- Gracias por venir a buscarme.
Una sonrisa de pura satisfacción se pintó en su rostro.
- Ha sido todo un placer.
Rockland, Maine
Cabaña de Robert Hult
10.15 a.m.
Mulder giró sobre sí mismo y tanteó la cama a su lado, esperando encontrar el tibio cuerpo de Scully, pero se incorporó al comprobar que estaba solo bajo las mantas. Paseó su mirada por el cuarto y sonrió al ver la camiseta de Scully justo donde la había visto caer horas antes cuando ella se la quitó.
Con una expresión de inmensa satisfacción, contempló el aspecto desarreglado de la cama y recordó la razón por la cual lucía así.
Aún no podía creerlo. Ella había estado ahí, con él. Y había sido todo lo que imaginó y muchos más. Y ahora no estaba ahí con él y tal vez era mejor ir a averiguar si no había salido a buscar sus cosas.
Se levantó y recogiendo los pantalones que había tirado en el suelo, se los puso junto con la remera que estaba colgando de uno de los postes de madera de la cama.
Sin detenerse a buscar sus zapatos, fue al baño y una sonrisa de satisfacción cruzó sus facciones al contemplar su rostro en el espejo. No recordaba haber contemplado ese rostro en mucho tiempo. Era una suerte que no hubiera nadie por ahí para hacerlo porque hablaba por sí solo.
El ruido de la voz de Scully lo llevó hasta la cocina y la encontró haciendo malabares entre el teléfono móvil que sostenía con su hombro y la cafetera con que intentaba llenar dos jarros de cerámica.
El sol entraba por la ventana que estaba frente a ella y Mulder se detuvo a contemplarla. Scully llevaba puesta la misma camisa que había significado la ruina de todos sus intentos por ser un caballero la noche anterior y unas gruesas medias de lana que le parecieron vagamente familiares, pero esas increíbles piernas torneadas estaban al aire y los faldones de la camisa le acariciaban los muslos, haciendo que deseara reemplazar ese ridículo pedazo de tela por sus manos y deleitarse una vez más con la suavidad de su tacto.
Mulder avanzó hasta quedar apoyado en el desayunador de madera, del lado opuesto al que estaba Scully, y se quedó callado, escuchando su conversación:
- No, mamá, él no estaba herido. Billy ttenía razón.
....
- Tampoco era esa la razón. Él... perdióó su teléfono, eso es todo.
....
- No, no se enfadó porque viniera ha aseegurarme. Mulder no se enfada por esas cosas.
....
- ¿Con alguien? Sí, supongo que si hubieera estado con alguien podría haber sido algo embarazoso, pero estaba solo.
....
- No creo que pueda. Los caminos están ttapados por la nieve y no me parece que pueda salir de este lugar en un par de días al menos.
....
- Yo también lo lamento. Dile a Billy y a Tara que lo siento.
....
- Está bien. Te llamaré cuando llegue a casa.
...
- Lo haré. Adiós.
Scully colgó el teléfono y, dejándolo sobre la mesada, se volteó con las dos tazas para encontrarse con la sonriente mirada de Mulder clavada en ella.
- Hola.
- Hola.
Scully se le quedó mirando sin moverse, con las tazas en sus manos y una sonrisa en sus labios. ¡Vaya! Con razón esa maldita bruja de Diana no se resignaba a dejar ir a Mulder. Si se veía siempre así por las mañanas, era más que claro que ella no se resignaría a dejarlo ir.
Mulder apoyó todo su peso sobre sus antebrazos y le sonrió con travesura.
- ¿Por casualidad alguna de esas tazas ees para mí o es que hoy necesitas una dosis extra de cafeína?
- Iba a llevártela a la cama.
Scully se acercó a la barra y le tendió una de las tazas. Mulder la tomó y la miró por sobre el borde mientras ella se sentaba frente a él en un taburete alto.
- ¿De dónde sacaste el teléfono?
- De mi bolso.
- ¿Saliste a buscar tu bolso vestida asíí?
- No.
Ambos se miraron en silencio durante un largo momento, asombrados de la ausencia de incomodidad que sentían con respecto al otro. Parecía como se esta fuera una mañana más y el amanecer juntos fuera lo normal.
Mulder tomó un sorbo de su taza y dejándola sobre la madera, caminó alrededor de la mesada y se acercó a ella. Giró el taburete de Scully hasta que quedó frente a él y, agachándose, la beso lento y profundo.
Scully, con la taza aún entre sus manos, correspondió a su beso con júbilo. Eso era un beso de buenos días y no pavada. Mulder se separó de ella y la miró con detenimiento.
- Dime algo Scully. Sólo por simple curiiosidad. ¿El llamar a tu madre por teléfono no será una compulsión matutina, verdad? Digo, te levantaste, te vestiste, saliste a la nieve y, lo más importante, me dejaste sólo en esa cama, únicamente para telefonearle. ¿Hay algún tipo de dependencia que no hayas superado y que yo deba conocer?
- ¿Aparte de la obvia?
- Ajá.
Scully le sonrió y dijo:
- Mulder, soy una mujer práctica. No queería que mi hermano decidiera venir a buscarme a mí tal y como yo lo hice contigo sólo por no congelarme las orejas un par de minutos ahí afuera. Digamos que explicarle la situación no hubiera sido algo sencillo.
- Supongo que los buenos deseos de tu heermano no llegan tan lejos.
- ¿Buenos deseos?
- Sobre mi salud. Dijiste que él había ddicho que esperaba que estuviera bien.
- ¡Ah! Eso.
- Sí, eso.
Scully lo contempló con las cejas levantadas. Esa no era exactamente la conversación que esperaba mantener esa mañana. Y para hacer honor a la verdad, no esperaba mantener conversación alguna, no después de darse cuenta de que lo que había pasado la noche anterior realmente había pasado porque le dolían músculos que ni siquiera recordaba haber estudiado.
- Mulder.
- ¿Sí?
- ¿Siempre te levantas con tantas ganas de hablar por las mañanas?
- Scully, esto es tu culpa.
- ¿Mi culpa?
- Si no fuera por tu practicidad, estoy en condiciones de asegurar que en este momento no estaría, exactamente, hablando contigo. Al menos, no lo que se considera un diálogo coloquial.
Y un dedo recorrió lento su hombro recubierto por la tela, lo que no evitó que ella sintiera que se quemaba.
Mulder la miró divertido y enderezándose, tomó su taza, se apoyo en la mesada junto a ella y dijo:
-Bien, Scully, espero que no tengas en mmente salir a explorar estos parajes en busca del Hombre de las Nieves porque, sinceramente, eso me parecería más desconsiderado que el que me hayas dejado despertar solo.
Scully sonrió al ver el brillo de deseo en los ojos verdes que la estaban taladrando y un escalofrío de anticipación la recorrió de pies a cabeza. Podía leer en esa mirada lo que él tenía en mente y la sola idea hizo que fuego líquido corriera por sus venas.
- Nunca pensé que diría esto, Mulder, peero.. tú eres el jefe. Seguiré tu amable consejo y, por una vez, no te llevaré la contraria.
Cuartel General del FBI
Washington D.C.
8 días después
Mulder clavó el vigésimo lápiz en el techo. Este primer día después de las vacaciones había estado lleno de papeleos, una junta con la gente de presupuesto y una visita a la morgue para determinar si lo que la policía denunciaba como ataque de animal en pleno monumento Lincoln era un ataque de hombre lobo como juraban los testigos o la obra de algún imbécil con delirios de lobizón. Había tenido un saludable intercambio de opiniones al respecto de este punto con Scully y había comprobado que eso de que él era el jefe y ella no le llevaría la contraria fue sólo algo pasajero.
Scully se había quedado haciendo exámenes y esperando los resultados del equipo forense mientras él entrevistaba testigos, pero hacía más de media hora que estaba en la oficina y ya comenzaba a considerar la opción de llamarla al móvil para decirle que la esperaría en su departamento, o en la de ella, y pediría la cena.
Alargó la mano para tomar el teléfono, cuando éste sonó. Lo llevó hasta su oído y dijo en forma mecánica:
- Mulder.
- Hola Fox, soy Rebecca Ledrow, la compaañera de secundario de Dana.
El rostro de Mulder adquirió una expresión divertida mientras se preparaba mentalmente para esa conversación. Aún no había olvidado lo que esa mujer había dicho en la fiesta sobre Scully y esta oportunidad era realmente excelente.
- Hola Rebecca. ¿Cómo estás?
- Muy bien, gracias, aunque debo confesaarte que no me había dado cuenta la otra noche que fuiste tú quien me había atendido más temprano por teléfono. No quiero que pienses que soy una grosera o algo parecido.
- No te preocupes, Rebecca. Lo último quue se pasó por la cabeza fue pensar que eras grosera. Soy un hombre muy perceptivo y me di cuenta que ese no era exactamente uno de tus defectos.
- ¡Es un alivio saberlo!
- ¿Quieres hablar con Scully?
- En realidad, quería hablar contigo.
La conversación se ponía interesante. Muy interesante. Mulder subió sus pies al escritorio con una sonrisa cínica en el rostro mientras escuchaba.
- Sí. Verás, la otra noche no pudimos haacer la subasta de solteros porque se cortó la electricidad, así es que la aplazamos y como me dio la impresión de que a ti te hubiera gustado participar, pensé en invitarte a que vengas.
- ¡Vaya! Me siento halagado. No todos loos días me consideran un soltero digno de ser subastado.
- ¿Crees entonces que podrás venir?
- No lo creo. Pero te agradezco que me lllamaras.
- ¡Oh! ¿Acaso las normas del Buró no lo permiten?
Mulder pensó en la semana que había pasado con Scully junto al mar y en el esfuerzo hercúleo que les había representado a ambos el dejarse la ropa puesta y salir a tiempo para la oficina esa mañana. Y después pensó en cierta parte del reglamente que prohibía las relaciones sentimentales entre compañeros.
- El Buró tiene muchas reglas que no he tenido muchos problemas en romper, te lo aseguro. Pero no creo que haya una que impida a sus agentes a ayudar en eventos benéficos.
- ¿Entonces?
- Scully me ha jurado que no pujaría porr mí bajo ninguna circunstancia y eso me deja fuera del ruedo, lamentablemente. Como te dije, esto de que una mujer sepa que lo tiene a uno gratis a diario es un estorbo para la caridad.
Un silencio se escuchó en la línea ante semejante declaración. Rebecca tartamudeó al otro lado:
- Cla.. claro. Entiendo. Bien, supongo qque en ese caso... no podrás asistir.
- No. Lo lamento mucho.
- Bien. Dile a ... Dana, que le dejo salludos.
- Se los daré. Adios.
Apenas había colgado el teléfono cuando Scully abrió la puerta.
- Hola.
- Hola.
Scully se desplomó en una silla y lo miró cansada.
- ¿Qué averiguaste?
- Que los pelos encontrados en las heriddas tenían un residuo químico derivado de los líquidos usados para embalsamar.
- ¿Eran de un animal muerto?
- Ajá.
Mulder se apoyó en el escritorio y la miró.
- Entonces no estamos ante un hombre lobbo.
- No. Me parece que se trata de alguien que ha visto demasiadas películas de terror. Algo así como un Bela Lugosi de los hombres lobos.
- Bela Lugosi se creía Dácrula. Y nunca atacó a nadie, que yo sepa.
- Mulder, lo importante es que no hay niingún hombre lobo en Washington y no hay un expediente x.
- Sí, eso veo.
Scully lo miró un momento en silencio y suspirando, se levantó.
- ¿Alguna llamada?
- Sí, acabo de colgar con Rebecca Ledroww.
Scully, que estaba por recoger algunas cosas que pensaba mirar en su departamento mientras Mulder encargaba la cena, lo miró inquisitiva.
- ¿Y qué quería esta vez?
- Comprarme.
Mulder se levantó de su silla y se acercó al perchero para buscar su abrigo. El día había sido muy largo y quería llegar a casa y sentarse a ver televisión junto a Scully.
- ¿Comprarte?
- Bueno, la invitación era para subastarrme, pero creo que pude leer entre líneas su objetivo último.
Scully lo miraba interesada. ¿Así que la bruja no había podido resistir la tentación? Maldita serpiente rastrera. Tratando de que su voz sonara lo más desinteresada posible, preguntó:
- ¿Y qué le dijiste?
Mulder la miró desde la puerta y esperó a que ella llegara junto a él sin abrirla.
- Que no podía participar.
- ¿Y ella que dijo?
- Algo así como que era una lástima, perro que lo entendía.
La ceja de Scully comenzó a tomar altura. ¿Rebecca dándose por vencida a la primera?
- ¿Sólo eso? ¿No le diste ninguna excusaa?
Mulder sonrió.
- ¡Oh, créeme, le di una excusa muy buenna!.
- ¿Cuál?
- Scully, he descubierto que esa mujer mme hace decir cosas a las que no puedo resistirme.
- Mulder, ¿qué fue esta vez?
- Bueno, agente Scully, si quiere conoceer el resto, debe saber que soy susceptible de soborno. Tendrá que idear el adecuado para que se lo diga,
Y agachándose, la beso suavemente, abrió la puerta y caminó por el pasillo. Scully lo siguió segundos después con una sonrisa en los labios. Sin duda, averiguar qué le había dicho exactamente a Rebecca Ledrow sería todo un placer.
Fin.