Ablaciones   Ablaciones   Ablaciones  

Lo de siempre, Mulder, Scully y toda referencia y personajes de la serie pertenecen a Chris Carter, a 1013 etc.

No pretendo plagiar nada. Es solamente una idea.

 

 

Gracias a: Partí por tener que leerlo a pesar de que ¡NO LE GUSTA LA SERIE! (incomprensiblemente), y por soportarme. Y a la mía mamma por lo mismo, y al pobre peseto por tener que aguantarme en mis cavilaciones por saber quién embarazó a Scully y.....bueno, a todo aquel a quien yo conozca : )

 

Si no estás a favor de una posible relación entre Mulder y Scully mejor que no lo leas. Por cierto, es el primero que mando, lo tenía escrito desde hace tiempo, pero he tardado en pasarlo a ordenador.

Sugerencias y demás en: alexsabadellARROBAhotmail.com

 

Tipo: XF. Algo de humor, y shipper (UST). Ah!, Las personas que sean escrupulosas mejor no lo lean, las descripciones de los asesinatos son bastante gráficas.

 

 

Es una noche clara en la sabana africana. El cielo está estrellado hay una extraña magia en el ambiente. Se oyen los cánticos de una tribu de nativos; aparece la hechicera y todos se callan. La selva, a pesar de los múltiples sonidos de ésta, se ha callado también.

Una joven muchacha que no sobrepasaría los 16 años era llevada hacia el altar con las manos y los pies atados. Ella era el sacrificio que la tribu iba a ofrecer al dios de la guerra, para que se vengara del hombre blanco que se había involucrado en su guerrilla.

La misteriosa mujer hechicera toma la carta del gobierno federal de los EEUU y la coloca sobre el fuego de la hoguera que había cercana al altar. El papel, no se quema, permanece flotando, como si las llamas lo sostuvieran. La hechicera, con un gesto indica a dos hombres que coloquen a la chica en el altar. Uno de ellos le sujeta por las manos, mientras el otro le coloca las piernas abiertas y dobladas. La hechicera toma un trozo de cristal y lo eleva en el aire pronunciando un conjuro, luego se inclina hacia la muchacha, y, con un movimiento preciso, rápido y firme, la castra. La joven grita desesperadamente de dolor, y cuando se va a desmayar, no la dejan, no puede. Los hombres de la tribu están contentos, si se hubiera desmayado el conjuro no habría surtido ningún efecto.

La hechicera recoge la sangre en un cuenco, cuando éste se ha llenado, coge una pluma de ave, se dirige al papel, que sigue flotado sobre el fuego, y dibuja un raro símbolo, que en su idioma (más bien dialecto) significa "mujer". Luego derrama el resto de la sangre sobre el papel, se aparta, dice unas palabras, y el papel se prende con una gran llamarada. Éste asciende hasta el cielo y desaparece. Cuando todo esto ha pasado, y no antes, la hechicera cose el tajo que le dio a la muchacha. Pero es demasiado tarde, ha perdido mucha sangre y morirá. Es entonces cuando le sacan los ojos y el corazón, y los colocan a sus pies.

 

Cuartel general del F.B.I.

Edificio J. Edgar Hoover (washington d.c.)

 

Los agentes Mulder y Scully estaban en el despacho, discutiendo sobre el "orden" de éste.

A él no le dio tiempo a contestar. Una llamada telefónica le dio la victoria a Scully.

Mulder contestó, era Skinner y quería que fueran a ver un cadáver de una agente federal que había sido encontrada en un contenedor de basura cerca de su casa.

 

 

Cuando llegaron al lugar, se encontraron con un panorama de lo más desagradable; la agente, estaba tendida en el fondo, le habían extraído los ojos y el corazón y los habían colocado a sus pies. Pero todavía no habían visto lo peor. Scully, sin mucho ánimo saltó ágilmente y se metió en el contenedor para hechar un vistazo más de cerca al cadáver. Casi vomita cuando lo vio. La conocía de algo... ¡ah, sí! Era una amiga de la agente Fowley (ex-novia de Mulder), no había tratado mucho con ella(con la muerta), pero no le caía mal. Cuando salió del contenedor, su compañero que había estado interrogando a los vecinos, se le acercó.

Fox y ella se acercaron hacia el guardia e hicieron pasar a Diana. Fue Scully la que se encargó de darle la noticia, y de explicarle cómo había muerto; y fue Fox quien se encargó de poner el hombro para consolarla. (en éste momento Scully no estaba totalmente segura de haber superado sus celos).

Iban a marcharse, cuando Scully vio algo cerca de la puerta trasera del edificio; se acercó, era una cosa brillante que, desafortunadamente, estaba metida en un vómito. Scully, haciendo un alarde de valentía (y pocos escrúpulos) se puso uno de los guantes de látex y lo cogió, era un colgante con una extraña marca, que se parecía a una cruz. Mulder y Fowley se acercaron a ella. Diana reconoció el colgante y se lo cogió de la mano a Scully. Cuando cerró la mano una sensación de picor le hizo arrojarlo al suelo. Scully se agachó y lo recogió.

 

 

Habían pasado aproximadamente dos semanas desde el asesinato; Scully estaba en el despacho esperando a su compañero, que, como siempre se estaba retrasando. Era una de las cosas a las que Scully se había habituado en él, pero seguía sin entender porqué elegía siempre los momentos más oportunos para poner a prueba su paciencia. Miraba por decimosexta vez cuando su compañero entró en el despacho despreocupadamente.

Él asintió con la cabeza y luego dijo – todo encaja Scully, mira, la agente había pasado a ordenador la carta, y la había enviado, luego ha estado enferma todos éstos días y...... – se calló, un pensamiento terrible le invadió.

Él levantó la vista, sus ojos habían perdido ese brillo especial que solían tener. – tenemos trabajo- dijo levantándose y poniéndose la chaqueta, - han encontrado a Diana – le tembló la voz- en un contenedor de basura cerca de su casa.

Scully se quedó paralizada, reaccionó cuando su compañero le alargó la chaqueta. La cogió y salieron del despacho. En el coche iban mudos, recordaban a Diana. Mulder la recordaba como era antes de que se fuera y de que él conociera a Scully, y ella la recordaba como una amiga de las que nunca tuvo otra igual.

 

 

 

 

Llegaron al lugar del crimen, pasaron la barrera, se miraron respiraron hondo y se fue cada uno por su lado. Scully se introdujo en el contenedor, tenía los ojos un tanto llorosos. Cuando terminó salió y observó que su compañero estaba todavía interrogando, tenía el rostro serio, hacía preguntas coherentes, y sin maldiciones de por medio, esto preocupó a Scully, bajó la vista y vio a unos metros un objeto en el suelo, se acercó y vio en un vómito, una especie de pulsera o brazalete, lo cogió, al sacarlo le dio calambre y lo soltó, su compañero que había llegado hasta ella lo cogió y la miró extrañado. – me dio calambre- dijo Scully con voz apesadumbrada y como si tuviera miedo de decirlo. Pero Mulder no dijo nada, ella se ofreció a acompañarlo a casa. Condujo ella.

 

 

En el apartamento de Mulder, éste se sentó en el sofá. Scully preparó un par de cafés y se sentó a su lado. Mulder no dijo nada, simplemente apoyó la cabeza entre las manos. Scully le acarició el pelo y él contuvo el llanto. Ella, le atrajo hacia sí y le dijo – llora, - simplemente y él lloró, abrazado a ella, mientras Scully le acariciaba. Apoyó la cabeza en su regazo y ella le consoló como quien consuela a un niño pequeño.

Mulder se quedó dormido, y Scully, mientras, puso la televisión. No quería moverse del sofá por miedo a despertarle. Tres horas después su compañero se despertó. Se incorporó y se quedó mirando a Scully.

Había pasado tres días encerrado en casa sin salir, pero mientras se veía televisión se acordó de que Scully, en esos momentos, estaría practicando la autopsia a Diana. Cogió las llaves del coche y se dirigió hacia el laboratorio.

Cuando llegó al quirófano, su compañera no estaba, y el cadáver tampoco. Salió y cuando iba hacia el despacho, su compañera salía del lavabo, estaba pálida y se secaba la boca con un papel. Él se acercó a ella y la besó en la frente, estaba ardiendo, y a pesar del elixir de menta, notó un cierto olor a vómito. La miró a los ojos. Ella le dijo que no sabía qué había pasado, pero que creía que ella también tenía gastroenteritis. Mulder la miró preocupadamente.

Ella asintió con la cabeza. Él la agarró suavemente e la cintura y la condujo hasta el coche. Por el camino no se hablaron, hasta que de repente Scully le indicó a Mulder que parara el coche. Bajó a toda prisa y se inclinó sobre la cuneta, su compañero se acercó, demasiado, pues sus zapatos acabaron perdidos. Le alargó un pañuelo a su compañera y se sacudió el zapato contra la hierba.

 

 

 

Una vez en el apartamento de Scully, Mulder se sintió más tranquilo, porque sabía que su compañera tenía un botiquín que parecía una farmacia. Obligó a su compañera a tumbarse en el sofá, y la puso un paño con agua fresca en la frente. Le dio una pastilla para bajar la fiebre y se sentó en el sillón cercano para vigilar su sueño.

Pasaron cerca de dos horas. Sonó el teléfono y al segundo tono Mulder contestó.

Escuchó mientras su compañero le preguntaba y mientras su compañero asentía a lo que la voz del otro lado de la línea le contaba.

Se fueron acercando a la puerta.

 

 

 

A pesar de que la cena a la que debían asistir era al día siguiente, no se vieron hasta que, a las 7:30 en punto, llegó Mulder a recoger a Scully. El director adjunto les había advertido que fueran elegantes, que iban a estar senadores, diputados, altos cargos del F.B.I., así que le hicieron caso. Mulder había optado por el clásico traje negro, pero en vez de corbata (¡menos mal!) con pajarita. Scully se estaba poniendo los pendientes cuando abrió la puerta.

 

 

 

 

En el coche bromearon sobre quién iría con Skinner, y especularon qué jefazos, peces gordos y senadores irían. El lugar en el que se iba a celebrar la cena, y posteriormente el baile, era un hotel de las afueras de Washington, "superlujo para una fiesta de peloteo", como lo había definido Mulder.

Efectivamente, el lugar era impresionante, grande y lujoso. En la entrada, para empezar, había una serie de 20 aparcacoches. Cuando salieron del suyo el director adjunto se les acercó para recibirles.

El comedor era una basta sala dividida en dos partes, una zona donde estaban las mesas, y otra, para el baile.

Comenzó la cena; Mulder y Scully estaban sentados juntos, y no pararon de echarse miradas de socorro, ya que Mulder tenía al lado a la esposa de un senador, que le daba la tabarra todo el rato con lo ventajoso que es para un joven como él la vida de casado; y Scully sufría con un viejo comandante y sus batallas (curiosamente había ganado todas). La cena era bastante suculenta, consistía en un consomé de entrada, marisco o pescado, lechazo asado y postre. Mulder advirtió que su compañera apenas había probado el consomé y el pescado, y que el plato de lechazo estaba intacto.

 

Cuando llegó la hora de las copas de sobremesa, y del baile para los que quisieran, Mulder tenía entretenidísima a la señora, contándole historias que "había oído por ahí" sobre Ovnis.

Pasaron todos a la sala de baile, Scully vio, con sorpresa, que Mulder bailaba un animado bals con la señora, y no lo hacía nada mal. Mientras le miraba, bebiendo una manzanilla, llegó Skinner hasta ella.

Scully miró extrañada a su jefe, y, de repente, se encontró en la pista bailando con él. Llevaban media pieza, cuando se les colocaron al lado Mulder y su pareja. - ¿Me permite un cambio señor?- preguntó Mulder, y en una vuelta, pasaron de ser los brazos de Skinner los que rodeaban a Scully, a ser los de Mulder. Bailaron juntos un par de piezas. Mulder advirtió que su compañera bailaba demasiado relajada. Al final de la segunda pieza la miró la cara, estaba sonrojada, pero no como sise hubiera cansado, era un sonrojo mucho mayor. Le puso la mano en la frente, realmente tenía mucha fiebre.

 

Se sentaron en la mesa en que Scully había estado sentada, ésta sacó de su bolso unas pastillas y se tomó una. No debería haberlo hecho. Al cabo de cinco minuto se levantó y se fue al baño. Mulder salió corriendo detrás de ella.

Scully ya estaba dentro cuando Mulder llegó a la puerta. Oía el ruido del grifo, y a su compañera enjuagarse la boca, de repente cesó el ruido que hacía Scully al escupir el agua, pero el agua del grifo seguía corriendo.

Sacó un clip del interior de su chaqueta y forzó la cerradura. La puerta se abrió, y Mulder encontró a su compañera en el suelo, parecía una frágil muñeca de porcelana, con las mejillas sonrosadas; la piel blanca destacaba bajo la tela del largo vestido negro que llevaba. La cogió en brazos y la llevó hasta el salón, donde uno de los invitados llamó a una ambulancia.

Mientras esperaban a la ambulancia, el director Skinner tranquilizaba a los invitados, explicándoles que la agente Scully se encontraba así debido a un brote de gastroenteritis que había en el cuartel general. Cuando subieron a Scully a la ambulancia, Mulder observó a Skinner, que hablaba con un hombre de color que se encontraba de espaldas; en un gesto de dicho hombre Mulder alcanzó a verle la cara, era el guardia de seguridad de la puerta del cuartel. Se estremeció, y subió a la ambulancia con su compañera.

 

 

 

 

Mulder había estado toda la noche en el hospital con Scully; por la mañana, a las diez aproximadamente, al ver que su compañera había mejorado notablemente, se fue a su apartamento a ducharse y a cambiarse de ropa.

A las doce y media volvía hacia el hospital. Fue a la habitación de Scully y encontró una cama vacía, y un historial médico que no era el de su compañera.

 

 

 

 

Se dejó llevar por el instinto y se dirigió a casa de su compañera. Entró en el edificio y fue al apartamento de Scully. La puerta estaba abierta, así que entró. Dos hombres le atacaron nada más entrar. Le quitaron la pistola y le inmovilizaron. En el salón de la casa había unas doce personas. Toda la casa estaba llena de velas y había una hoguera, que comenzaba en una papelera. Un hombre, o mujer, no se sabía con certeza qué era llevaba una máscara africana. Estaban reunidos en círculo alrededor de una mesa. Empujaron a Mulder para que se acercase y vio a su compañera tendida encima de la mesa. Tenía puesto el vestido del baile. Vio que por su brazo escurría un chorro de sangre. Ella estaba amordazada.

Los hombres que le retenían hicieron que se arrodillase, y uno de ellos le apuntó con su arma a la cabeza <el guardia del cuartel, porqué no te haría caso> dijo para sí. Vio cómo el guardia cogió un cristal y lo elevaba en el aire. - ¡nooooooo! – gritó, apartó de un golpe certero la pistola que le apuntaba a la cabeza y se abalanzó contra el guardia.

En ese momento una docena de policías con Skinner delante irrumpieron en el apartamento. Mulder se levantó y se acercó a Scully. La sangre que escurría por su brazo venía de una pequeña incisión que tenía a la altura de la clavícula. Le quitó la mordaza y la bajó de la mesa abrazándola. Scully se resintió del corte, y Mulder sacó un pañuelo y se lo colocó encima para evitar que sangrara más, ya había perdido bastante sangre, suficiente para que le fallaran las rodillas y Mulder tuviera que agarrarla para que no se cayera.

Cuando salían los últimos detenidos de la casa de su compañera, mientras un ATS le cosía el corte, Mulder se acercó a Skinner.

Él se sentó a su lado y no se fue de su casa hasta que su compañera no se hubo dormido.

 

 

 

Una semana después del suceso, el agente Mulder sigue creyendo que fue un espíritu el que me producía los vómitos y desmayos febriles, haciendo saber así, al guardia a quién debía matar. Por lo que a mí respecta opino que los vómitos eran producidos por la epidemia de gastroenteritis, y que las muertes de las agentes y mi ataque son una desgraciada coincidencia.

Una vez hubo escrito esto en el ordenador, la agente Scully se preparó para irse a la cama. Por culpa del corte tenía que dormir con una camiseta de tirantes porque el roce de su pijama de invierno le hacía daño. Sonó el timbre de la puerta, iba a abrir cuando se tropezó y cayo al suelo con el consiguiente grito. Mulder (que era quien llamaba) utilizó su llave al oír el grito.

Mulder, se quedó más sorprendido que ella cuando le intentó besar y, cuando al fin reaccionó la siguió al baño. Ya tenía el vendaje cambiado, se la acercó por detrás y la besó en el cuello. Ella se dio la vuelta y buscó su boca. Y se besaron, y ¡qué beso! Transmitía todo aquello que por años habían ocultado. Él la cogió en brazos, sin dejar de besarla y la llevó al dormitorio donde le devolvería las llaves de su apartamento.

Mientras, a miles de kilómetros de Washington, en la lejana selva africana, se oyen los cánticos de una tribu de nativos, y los gritos de una joven muchacha.