chapter = 3
author = Luvi_trustno1
dedicate = Disclaimers: Mulder, Scully, William, The Lone Gunmen pertenecen a Chris Carter, la 1013 y Fox, no obtengo ningún beneficio económico por este relato.
Spoliers: Ninguno en particular.
Tipo: Un poco de Angst, un poco de MSR, creo.
Dedicatoria: a todos los que leen mis relatos, pero muy especialmente a Altamirus, a wendymsánchez1979, a menxtu, SpOoKyBLuE… gracias por obsequiarme su fe.
Nota 1: Quiero pedirles a todos mil perdones por haber tardado tanto en enviar esta parte de la historia, en realidad he estado más que ocupada últimamente, pero no he olvidado que tengo que cumplir mi parte del trato, así que aquí estoy nuevamente.
Nota 2: Hago leves referencias a Deadalive, Réquiem, Fight the future, Per Manun, Amor Fati y The Jersey Devil, de la Primera.
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Rating = arcadias_dream
Type = Romance
fanfic =
Resumen: Ahora que lo sabe cerca, Scully se encuentra hecha un mar de confusiones; con demasiadas interrogantes sobre lo que fue y lo que pudo haber sido y un secreto a cuestas, deberá tomar una decisión pronto o podría ser demasiado tarde.
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New Haven, Connecticut,
Apartamento de Katherine Zimmele
Katherine Zimmele apagó el computador portátil y lo dejó a los pies de su cama. Apenas saliendo del restaurante, Frohike le había alcanzado un disco. Ella, con su hijo de la mano, lo interrogó con la mirada.
- Las recibí esta tarde. Son unas notas que nos envió para un artículo, ¿querrías leerlas?
- ¿Por qué no me las dio cuando nos vimos?
- Dijo que tenía intenciones de hacerlo…
“…pero ahora que ustedes han tenido la gentileza de ponerme en contacto con esta adorable desconocida, he tenido que preguntar por ella a un viejo conocido suyo, un ex agente del FBI, quien me ha dicho lo erudita que es en materia científica y no quiero quedar como un idiota antes de invitarla a comer, así que háganme el favor de revisar esto antes de que ella lo revise y me condene a la guillotina..”
- Eso dijo…-en el rostro de Scully se dibujó una semi sonrisa.
“Algunas cosas nunca cambian”, pensó.
Ahora, ya enfundada en el pijama y la bata, caminó pesadamente hacia el dormitorio de su hijo, contiguo al suyo. Lo miró dormido desde el umbral. 4 años… crecía a prisa. Pero era demasiado pequeño para su capacidad de comprensión y análisis. Y menos mal, pensaba en aquel instante, que a ella nunca se le había ocurrido decirle que su padre estaba muerto, o que era un ruin, o que la había abandonado. Para William su padre se encontraba trabajando.
Lo increíble era que, pese a los razonamientos de que era capaz, él nunca le había hecho más cuestionamientos de los necesarios. Como si pudiera intuir que algo no estaba bien, que algo dolía.
¿Y ahora qué iba a decirle? ¿Qué había vuelto? Y si le decía que había vuelto… ¿pensaría el niño que debían vivir juntos?
“¡Dios!”
Aquello, pese a todo el sentimiento y a los recuerdos que quedara de aquel, para los efectos, debería estar muerto.
Se inclinó sobre el lecho y besó a su hijo. Sonrió sarcástica: aunque quisiera negar la paternidad de Mulder no podía: William era el vivo retrato de su padre; su cabello, ralo y rojizo cuando nació, se había tornado en una brillante cabellera castaña, su labio inferior algo más pronunciado y con la inconfundible línea en el centro, sus ojos incluso, a pesar de haber heredado de ella esa mezcla indescifrable de azul verdoso, se rasgaban en la medida perfecta para darle a su rostro la expresividad, ternura e ironía que ya se perfilaban en su carácter.
El día que Mulder lo viera, sin duda alguna sabría quien lo había engendrado.
Desde luego que ella tampoco pensaba negárselo. Había que abordar el asunto cuanto antes, de ser posible apenas él apareciera por los resultados del análisis.
Retrocedió sobre sus pasos y en casi tres años fue la primera vez que no pudo dormir. Se despertó siete veces sobresaltada, mirando el teléfono, como cuando –en un tiempo lejano- abría los ojos un minuto antes de que éste sonara.
Automáticamente volvió a tomar la computadora y a repasar las páginas escritas por él, claras, precisas, con un estilo varonil que no dejaba lugar a dudas, bastante más realista de lo que ella recordaba, incluso descarnado.
Ciertamente que la revista para la que colaboraba tenía un público bastante particular, pero estaba segura de que él gustaría, incluso desde el punto de vista científico, gustaría.
“Algunas cosas nunca cambian”, había pensado cuando Frohike le habló sobre su comentario.
Pero otras sí. Él mismo había cambiado mucho: tenía demasiadas experiencias recopiladas, era evidente que estaba curtido por la vida, conocedor de grandes y terribles secretos, a juzgar por sus insinuaciones, aunados a su mucha más desarrollada capacidad de analizar la psicología del ser humano.
Apagó la computadora y se llevó la mano derecha al rostro.
El asunto para ella ya no era aquel… Lo esencial eran los últimos cinco años casi había vivido en el vacío, sin una explicación.
Si al menos Mulder hubiera tenido el tino de esperarla unas horas más, si la hubiera hecho llamar aquella noche en lugar de escapar poniendo en riesgo su vida, si le hubiera advertido que no iba a volver…¿Y si lo hubiera hecho?
“¡Maldita sea!”
Se puso de pie y dejó la computadora portátil sobre la cómoda. Entonces abrió el cajón del extremo derecho. De debajo de la ropa extrajo una pequeña caja azul, igual a las que se usan para regalar una gargantilla.
La abrió.
Pero allí no había ninguna joya, o al menos no en el sentido estricto de la palabra.
Allí había un sobre, cerrado, sin remitente, sin destinatario.
Los ojos se le humedecieron y tuvo que llevarse una mano a la boca para ahogar un sollozo.
“¡Oh, por Dios!”
Quizás si lo hubiera abierto entonces… quizás si lo abriera ahora…
No, ¿qué sentido tendría? También para decir las cosas existe un momento, luego ya no tienen sentido.
Cerró la caja y la colocó en su lugar antes de meterse en la cama.
Y allí se preguntó por qué no la habría guardado en una de esas cajas que tenía en la parte alta del armario y cuyo contenido no recordaba.
Por qué siempre la tenía tan cerca...
Con estas reflexiones, cuando el mundo a través de su ventana empezaba a adquirir esa particular tonalidad azul profunda, se quedó dormida.
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Universidad de Yale, Connecticut.
Una semana después.
Durante todo ese tiempo no lo vio, pero el artículo firmado por George Hale que ella había revisado, y al que prácticamente no había hecho correcciones, fue publicado y acogido con entusiasmo. Era diferente en cierto modo, decía cosas que nadie había dicho aún, pero no era eso lo esencial, sino el hecho de que lo decía en modo diferente.
Los pistoleros le habían dicho que el semanario había elevado sus ventas, así que no tuvo dudas de que no tendría que hacer mayor cambios en el que estaba recibiendo en ese momento.
- Ya tengo los resultados de los análisis que me pidió ¿quiere que se los envíe a ustedes?
En la pantalla, el rostro de Frohike denotó la sorpresa.
- ¿Quiere decir que no has hablado con él? ¿No le has dicho aún que tiene un hijo?
- No se lo he dicho, pero él tampoco se ha aparecido por aquí.
Vio a Frohike levantarse de l